El día que mi abuelo descubrió las Rías Baixas

Siempre había pensado que mi abuelo era un hombre de rutinas fijas, alguien cuyas grandes aventuras habían quedado ancladas en las historias de su juventud. Sin embargo, aquel sábado por la mañana, algo cambió de forma irreversible. Habíamos decidido salir un poco de nuestro entorno habitual, aprovechando la libertad y comodidad que nos daba la camper de mi hermano, para recorrer esa costa que yo valoro tanto pero que, sorprendentemente, para él seguía siendo casi un lienzo en blanco. Nuestro destino era ver como mi abuelo descubre las rutas de senderismo en las Rías Baixas.

Recuerdo aparcar cerca de la Costa de la Vela. Al bajar del vehículo, el viento del Atlántico nos recibió con su abrazo frío, cargado de ese olor inconfundible a salitre mezclado con eucalipto. Mi abuelo se ajustó la gorra, miró hacia el sendero de tierra que se perdía entre los pinos y me dedicó una sonrisa a medias, con cierto escepticismo. «¿A dónde me llevas hoy?», preguntó, apoyándose ligeramente en su bastón, más por costumbre que por una necesidad real.

Comenzamos a caminar a paso muy lento, dejando que el murmullo de las olas rompiendo contra las rocas marcara nuestro ritmo. Al principio, su mirada estaba clavada en el suelo, concentrado en sortear las raíces y las pequeñas piedras del camino. Pero a medida que avanzábamos y la espesura del bosque comenzaba a abrirse para revelar destellos de un mar de un azul intensísimo, su postura cambió por completo. Se enderezó. Sus ojos empezaron a brillar con una curiosidad casi infantil, una que hacía mucho tiempo no le veía.

Llegamos finalmente al entorno del faro de Cabo Home, justo allí donde la ría de Vigo se abre majestuosa hacia el océano, fuertemente custodiada en el horizonte por las Islas Cíes. Nos detuvimos al borde del acantilado. El viento agitaba su escaso cabello gris, pero él ni siquiera parecía notarlo. Se quedó en un silencio absoluto, absorto en la inmensidad del paisaje, viendo cómo el sol transformaba la superficie del agua en un espejo de plata y oro. Fue en ese preciso instante cuando me di cuenta de que no solo estaba mirando el paisaje; lo estaba descubriendo de verdad.

«No tenía ni idea», murmuró al fin, con la voz ligeramente quebrada por una emoción que intentaba contener. «He vivido toda mi vida tan cerca de esto, y no tenía ni idea de que el mundo podía respirar tan fuerte aquí mismo».

Ese día caminamos durante horas. Recorrimos senderos que serpenteaban sobre los acantilados y nos adentramos en zonas boscosas que parecían sacadas de un cuento muy antiguo. Con cada paso, mi abuelo parecía quitarse varios años de encima. Me hacía preguntas constantes sobre la flora, sobre las aves que cruzaban el cielo, sobre las mareas que habían esculpido esas formas en la roca. El cansancio físico simplemente no era rival para la inmensa energía que el paisaje gallego le estaba inyectando en el cuerpo.

El viaje de vuelta fue silencioso, pero era un silencio profundo, cómodo y cómplice. Mientras el sol se ponía por el retrovisor, tiñendo el cielo de tonos púrpuras, lo miré de reojo. Tenía los ojos cerrados y una sonrisa serena dibujada en el rostro. Aquel no fue solo el día en que mi abuelo descubrió las rutas de nuestra costa; fue el día en que el mar y la montaña le devolvieron intacta la capacidad de asombrarse. No hay tesoro que se compare con haberlo presenciado.