Toda la vida he sido de sonrisa fácil, pero de reírme a carcajadas, de esas que te arrugan los ojos, me he privado más veces de las que me gustaría admitir. Vivir en Vigo, una ciudad vibrante y abierta, contrastaba con la pequeña cárcel que yo mismo me había construido en la boca. Un apiñamiento leve y unas manchas en los dientes frontales que, aunque para muchos pasaban desapercibidos, para mí eran un complejo que me restaba espontaneidad. Durante años lo pospuse, escudándome en la falta de tiempo o en el clásico «hay cosas más importantes».
La decisión de ponerle remedio llegó de repente, al ver unas fotos de una celebración familiar. Allí estaba yo, en todas, con una sonrisa a media asta, contenida. Fue un clic. Decidí que ya era suficiente y empecé a investigar, pero no me limité solo a mi ciudad. Quería encontrar el mejor lugar, un sitio que me diera la máxima confianza, aunque eso implicara desplazarme. Así fue como Santiago de Compostela entró en mi mapa dental.
Leí decenas de opiniones y vi varios casos de antes y después en las webs de clínicas compostelanas. Me llamó la atención cómo varias de ellas eran referentes en estética dental a nivel gallego, con especialistas que parecían aunar técnica y un trato muy humano. Un nombre en particular seguía apareciendo, con reseñas de pacientes de Ourense, A Coruña e incluso de fuera de Galicia, que destacaban la profesionalidad y los resultados naturales. A pesar de la comodidad de tener cientos de clínicas en Vigo, algo me decía que ese viaje de menos de una hora por la AP-9 iba a merecer la pena.
Reservé una primera consulta y, he de admitir, que el día de la cita conduje hasta la clinica de estética dental Santiago de Compostela con el estómago encogido, reviviendo todos los miedos dentales de mi infancia. Sin embargo, todo ese temor se disipó al entrar. Lejos del ambiente frío y aséptico que recordaba, me encontré con un espacio luminoso, moderno y, sobre todo, con un equipo que te recibía con una calma que contagiaba.
La especialista me dedicó casi una hora. Me escuchó, no solo como a un paciente, sino como a una persona que le contaba una inseguridad. Usando un escáner 3D, me mostró una simulación de cómo podría ser mi sonrisa. Vi en aquella pantalla la imagen que llevaba años anhelando. Hablamos de carillas, de un blanqueamiento y de un pequeño recontorneado. Salí de esa clínica con un plan de tratamiento detallado y, por primera vez en mucho tiempo, con una sensación de alivio y una ilusión tremenda. El viaje de vuelta a Vigo se me hizo cortísimo, conduciendo con la certeza de que, aunque el tratamiento aún no había empezado, mi sonrisa ya había comenzado a cambiar.