Encontrar aparcamiento en el centro de Alicante se ha convertido para mí en una especie de ritual maldito, una prueba de paciencia que tengo que afrontar cada vez que me atrevo a acercarme con el coche. No importa si es lunes por la mañana o sábado por la tarde: siempre parece que todos han tenido la misma idea que yo y han ocupado hasta el último rincón libre de asfalto.
El otro día, por ejemplo, salí de casa con la ingenua esperanza de aparcar cerca del Mercado Central. Había quedado para tomar un café en un bar muy chulo que está justo al lado. Pensé: “Son las cinco, no es hora punta, seguro que encuentro sitio.” Error. Di tres vueltas completas por Alfonso el Sabio, subí por la Rambla, bajé por San Fernando, me metí en callejones imposibles y hasta consideré dejar el coche en doble fila durante cinco minutos, pero la presión de los cláxones me disuadió.
Lo curioso es que uno empieza a desarrollar un olfato especial para detectar plazas vacías, como si fuera un cazador urbano. A veces ves a alguien caminando con llaves en la mano y lo sigues con la esperanza de que se acerque a un coche. Y cuando ves que solo va a abrir el buzón o a mirar el móvil, maldices en silencio y sigues tu búsqueda.
Después de casi cuarenta minutos dando vueltas, me rendí y acabé en un parking subterráneo. Cinco euros por una hora y media de café. No sé si me salió más caro el coche o el capuchino.
Lo que me frustra no es solo el tiempo perdido, sino también el estrés que acumulo. Llego al sitio malhumorado, mirando la hora, con la sensación de haber pasado una guerra. A veces me pregunto si no sería mejor coger el bus o la bici. Pero, claro, cuando uno tiene prisa o lleva cosas, el coche siempre parece la opción más cómoda… hasta que toca aparcar.
Supongo que todos los que vivimos o venimos al centro de Alicante hemos pasado por esta misma historia. Es casi un tema de conversación habitual, como el calor en agosto o las hogueras. Solo espero que algún día alguien tenga una idea brillante para resolverlo. Mientras tanto, seguiré dando vueltas, esperando que la suerte me sonría.